Comentarios sobre los tres factores de producción: tierra, capital y trabajo

Es bastante común preguntarse entre “las personas de a pie”, acerca de las razones por las que se producen las crisis económicas que, periódicamente, nos afectan desde el exterior o bien, dentro de nuestras fronteras. Casi siempre surgen explicaciones de los economistas e interpretaciones no siempre coincidentes y, todavía, se está discutiendo entre los especialistas -no existiendo total acuerdo- acerca de cuál fue la causa principal, cuáles fueron los detonantes, o cuáles fueron las medidas que aceleraron o retardaron la recuperación, de la “crisis del 30”.

Reflexionando sobre el tema, surgió la idea de que una de las posibles causas de una crisis económica generalizada -es decir, esa forma brusca que tiene la actividad económica para alertar a los actores económicos, que una situación de bonanza no puede prorrogarse ni es sostenible en el tiempo-, se produce cuando tiene lugar un desajuste en el desarrollo y en el crecimiento de los llamados factores de producción.

Casi todos los empresarios saben a qué se les llama factores productivos o factores de producción: son aquellos recursos -materiales o inmateriales- que al ser combinados en un proceso de elaboración o de producción, agregan valor al resultado final, o sea, cuando aquéllos se transforman en mercaderías y servicios. Desde Adam Smith hasta aquí, se han distinguido tradicionalmente tres factores de producción: tierra, capital y trabajo (1).

Estos factores de producción son inter-dependientes y esta interdependencia conjunta, a veces, impide despejar con precisión la duda acerca de cuál de las productividades de cada uno de ellos, agrega más valor económico (2). Esta duda suele ser despejada, empíricamente, por el mercado, que va acomodando armónicamente los abastecimientos, sus costos y las utilidades por ventas. Ocasionalmente, suelen producirse desajustes entre la renta de cada uno de ellos, dado que el comportamiento de los tres factores no es simétrico, o sea, que su participación en orden de importancia cuantitativa es variable y, además, sus avances son hechos a distintas velocidades.

En la economía moderna se llama función de producción a la relación técnica que nos dice qué cantidad de producto podemos obtener con cada combinación de aquellos tres factores productivos (3). Naturalmente, existen una cantidad enorme de funciones de producción -pues cada emprendimiento empresario tiene o tendrá la suya- y esta función de producción varía, en el tiempo, en términos de valor: así en algunas épocas los salarios (trabajo) inciden más, en otras lo es el costo de la tierra y en otras, el mayor valor está dado por los bienes de capital (o, dentro de ellos, por el capital financiero).

Una empresa cualquiera siempre se encuentra inserta -simultáneamente- en dos mercados: en uno como oferente de sus productos o servicios, y en otro como demandante o compradora de los factores de producción. Estos últimos son, los que, en definitiva, terminarán fijando su costo e, indirectamente, determinando la renta pretendida de cada uno de los productos o servicios que ella entrega a los consumidores o usuarios. Pero, aclaremos, no todos los factores influyen en los precios en forma equivalente y tampoco lo hacen en forma simultánea (por ejemplo, en las mediciones de series estadísticas que hicieran Paul Douglas y Robert Solow (4), surgió que por cada punto que crecía la incidencia del capital o del trabajo, este último tenía un rendimiento tres veces mayor que el de aquél).

El crecimiento asimétrico

Nosotros pensamos que, de los tres factores de la economía -tierra, capital y trabajo-, el que más ha crecido cuantitativamente, a lo largo del siglo XX, es el capital y que, en segundo lugar, lo ha hecho el factor trabajo (aunque éste, atenuadamente dado que en las últimas décadas mucho más se incrementó la oferta de trabajo, que los puestos de trabajo disponibles) (5). Pero lo cierto es que ambos factores no lo hicieron en la misma medida, ya que el capital tiene una ventaja diferencial sobre el factor trabajo: la mayor posibilidad de generar significativos excedentes reinvertibles de su renta. He ahí la principal razón de su crecimiento cuantitativamente más significativo, pues una parte considerable de sus ganancias es reinvertida rápidamente en la economía, compensando con creces las pérdidas producidas por rendimientos decrecientes y por las llamadas “destrucciones” de capital (quiebras, catástrofes naturales, fragmentación por sucesiones, cambio de hábitos de consumo, obsolescencia tecnológica, licuaciones inflacionarias del capital de trabajo, etc., es decir, lo que podríamos llamar evaporación del capital).

Este mayor crecimiento del factor capital, ha tenido un impulso casi geométrico en base a dos factores: a) la moderna tecnología de comunicación, que permite la utilización de capital financiero durante las 24 horas a lo largo de los 365 días del año, evitando así que “el músculo duerma y la ambición descanse”; y b) esa verdadera revolución que significó en el siglo XX la venta a crédito, que hizo posible un incremento fenomenal del consumo generalizado de bienes y servicios -sobre todo, a partir de la segunda guerra mundial-, el que en los últimos 10 años se ha intensificado descomunalmente con la incorporación masiva de China y de los demás mercados del sudeste asiático, así como con la universalización y popularización de las tarjetas de crédito.

Es cierto que, los otros dos factores de producción -tierra y trabajo- también pueden reinvertir la renta que producen, pero lo hacen con muchas mayores limitaciones. La tierra, por un lado, suele generar rentas porcentualmente bajas en relación a su precio de compraventa, por lo que la reinversión de éstas -en la compra de más tierras, por caso- tarda mucho más tiempo en producirse que las ocurridas con los capitales financieros o las obtenidas a través de otros medios de producción (como las manufacturas industriales, por ejemplo).

Lo mismo ocurre con el factor trabajo, dado que, el capital humano -salvo el de quienes están al tope de escalas salariales relativamente altas-, genera pocos excedentes reinvertibles.

Resumiendo, el acelerado crecimiento del capital financiero producido en el siglo pasado no ha sido inocuo, pues su abundancia ha afectado y hecho crecer los precios de los otros factores, tanto de la tierra como los del trabajo (aunque, repetimos, éste último en mucha menor escala). Sin embargo, el total de nuevas tierras fértiles tienen un límite natural: el factor climático. Dada esa escasez, la tierra tienen un valor económico cada vez mayor, si lo medimos en moneda constante.

El factor trabajo, por su parte, no se ha valorizado en igual medida porque, además de la menor generación de puestos de trabajo gracias a una mejor tecnología que aumenta la productividad, la oferta de mano de obra física -como sostuvimos arriba- se incrementa permanentemente, debido tanto al crecimiento de la población como a las mayores posibilidades de migración que ofrecen la comunicación y el transporte modernos. Sin olvidar otro aspecto: los precios tienden a igualarse internacionalmente y así, los bajos salarios del sudeste asiático actuaron, en el último lustro, como un factor de contención de las alzas salariales de los países occidentales (6).

La asimetría de la incidencia de los 3 factores

En la vida primitiva, el factor trabajo representaba casi el ingrediente total de la producción, pero luego, cuando el hombre confeccionó armas de caza e instrumentos de trabajo, estos medios de capital cobraron mayor significación. Finalmente, la aparición de la agricultura en terrenos aptos, valorizó más a la tierra como factor de producción. Los tres factores en conjunto permitieron a las comunidades primitivas poder elaborar, criar, recolectar, o bien cosechar bienes, en cantidades superiores a sus necesidades básicas. Estos excedentes posibilitaron, entonces, la aparición del intercambio comercial -base nuclear del progreso y prosperidad- y, luego, el surgimiento de una unidad de cambio común entre los productos excedentes (la sal, los metales preciosos y, finalmente, el dinero). Surge así el llamado capital financiero, que es una clase de capital muy especial, por su mayor capacidad de acumulación en menor plazo, su enorme facilidad para alquilarlo o prestarlo, y sus enormes posibilidades de “reproducción”, dados los excedentes que genera su veloz renta.

Durante relativamente largos períodos históricos, los tres factores de la producción crecieron acompasadamente, pero en otros, debido a un cambio tecnológico, por ejemplo, (la invención de la máquina a vapor, o la generación y el dominio de la electricidad), otorgó una mayor relevancia o incidencia al factor capital. En otros momentos, la conquista de nuevas tierras fértiles -el descubrimiento de América, por caso- le brindó al factor tierra, un valor adicional de su participación en la economía (dados los productos minerales y agrícolas que agregó).

Este incremento exponencial del factor capital financiero -gracias a las comunicaciones y a su posibilidad de uso durante las 24 horas x 365 días- constituyó una especie de anomalía en el mercado, que ha terminado produciendo una concentración excesiva de la propiedad empresaria, a favor de los dueños más destacados del capital financiero. Este fenómeno de “concentración” que hasta hace pocas décadas sólo se desarrollaba dentro de unos pocos sectores económicos, ha dado lugar en el presente a una maraña económica que es propiedad de empresas gigantescas, actuantes en distintas áreas y rubros. Y, cada vez más, en forma generalizada y con incidencia en casi todos los sectores económicos. En principio, desde la perspectiva de un capitalismo privado y libre, no cabría hacer ninguna objeción a esta híper-concentración, salvo que -y no es un tema menor- ponga en peligro dos de las banderas centrales de la economía liberal: la libre competencia y la igualdad de oportunidades económicas de los actores. Peligro que, lamentablemente, la mano invisible no ha podido corregir hasta ahora ni, tal vez, pueda corregir en el futuro.

Carlos Marx sostuvo que el capital tendía a concentrarse y que eso sólo era posible en detrimento de alguno de los otros dos factores, y así surgió su mentada teoría de la plusvalía (parte del valor del trabajo, de la que se “apropiaba” el empresario, según su denuncia). Pero él se refería a la concentración del capital como factor controlante de los medios de producción y no al capital financiero, que en ese momento recién empezaba a actuar internacionalmente y, sobre todo, era destinado a solventar guerras y avances coloniales. Esta híper-concentración de capitales que hoy vivimos, es distinta. Actualmente se producen continuos “sobrantes” de capital a los que es necesario buscarles una renta, especialmente cuando la tasa de interés, baja hasta niveles cercanos a cero, como en los últimos tiempos. Cada vez hay menos capitales ociosos “en los colchones”, pues pasan a las entidades financieras y entonces éstas tienen que darles algún destino. Por eso, un banco de inversión norteamericano juzgó conveniente comprar el negocio mundial de “Polo” Ralph Laurent, o bien, el 20% del grupo de medios Clarín, de Argentina.

Hoy en día, el capital financiero -haya sido éste construido honesta o ilegalmente- compra unidades de producción de cualquier rubro económico: desde clubes de fútbol hasta cementerios privados o, desde productoras de espectáculos hasta hospitales. En tal sentido, una reciente investigación del Swiss Federal Institute of Technology, demostró que tan sólo “147 entidades (entre las 43.000 compañías globales analizadas) controlan, a través de una compleja red de entrelazamientos, el 40% de todas las empresas transnacionales” (7). ¿Sorprendente, no?

Ahora bien, esta abundante concentración de capital financiero, como dijimos arriba, ha producido una fuerte valorización de los productos de la tierra (tanto mineros como agropecuarios) y, en consecuencia ha incrementado el valor de la tierra productiva. A su vez, ello ha generado una inversión muy intensa que busca paliar la mayor demanda de materias primas, de productos manufacturados durables y de viviendas, en un circuito virtuoso que parecía no tener fin, con incrementos de sus precios en forma continua. Por otra parte, la aparición de grandes cantidades de “crédito fácil”, muchas veces deriva en una mala asignación de recursos, ya que la necesidad de colocación financiera de dinero “ocioso” obliga a que se aplique a actividades con mayor o excesivo riesgo, sin medir las posibilidades de esos mercados para soportar su amortización.

Pero este círculo virtuoso, tiene una limitación cuantitativa, tal como lo demostró el caso de las ventas de inmuebles, a través de las hipotecas (8) subprime, es decir, las otorgadas a compradores con muy poca solvencia que, ante la pérdida del empleo o el deterioro de su salud, se ven en la imposibilidad de amortizar los préstamos. Hoy en día, la abundancia de capital ha permitido estimular y exacerbar la demanda -incrementando en consecuencia los precios- de alimentos, electrónicos, automóviles y viviendas en forma imprudente. Por esa causa, en muchos rubros verdaderamente se ha sobre-invertido y en otros, la escasez de materias primas ha encarecido sus costos de producción, justo en el momento en que compradores marginales o más vulnerables no pueden responder a sus deudas.

Conclusión

El incremento de los factores de producción se ha hecho en forma desacompasada, el exceso de capital ha valorizado por demás la tierra -o las materias primas que ellas producen- y también al factor trabajo (aunque en forma más atenuada, tal como apuntamos arriba). Pareciera, entonces, que estamos transitando un proceso de sobre-inversión en muchos rubros que ya han comenzado a sufrir una raletización. Por ejemplo, la capacidad mundial instalada en materia de automotores, desde hace más de un lustro, excede la demanda del mercado. Ello motivó el cierre de muchísimas fábricas, significativas megafusiones de terminales automotrices y hasta quiebras de alguna de éstas, como la reciente de la sueca Saab. También produjo la reinstalación geográfica de otras, en China especialmente. Pero sigue habiendo capacidad ociosa.

Como nos enseñó la economía japonesa, es posible que transcurra un lustro o una década antes de que el ciclo de crecimiento económico se vuelva armónico y acomodado. La crisis de EE.UU. y Europa, comenzó en 2008, por lo que falta bastante tiempo antes de que la situación se normalice y el crecimiento se haga nuevamente sustentable (siempre y cuando, el coloso chino logre eludir su propia sobreinversión). Cuando ello ocurra, no obstante, nos quedará pendiente la solución -si es que es posible una solución incruenta- de este proceso negativo para la libertad económica, que es la híper-concentración del capital financiero, con su secuela de propensión hacia el monopolio y hacia la creación de barreras a la igualdad de oportunidades. No atender esta importantísima cuestión política, nos llevará a que el incipiente movimiento de indignados (o de Occupy Wall Street), se transforme en mayoritario o casi, y lo que hoy es un testimonio parecido a la vieja “carpa docente” de nuestro país, proceda como un detonante de males mucho mayores y, posiblemente, para nada pacíficos.

 

Estudio Adolfo Ruiz & Asociados

Microeconómicas

Informe sobre economía, management y negocios

N° 152 – Febrero 2012

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1. Algunos autores (como Jean-Baptiste Say) agregan al entrepreneur o emprendedor, como un cuarto factor de producción, y otros, a la tecnología (posición a la que adherimos parcialmente).

2. “Curso de economía moderna”, por Paul A. Samuelson, Aguilar S.A. de Ediciones, Madrid, 1972, pg. 595.

3. “Curso de economía moderna”, ob.cit.pg. 596.

4. “Curso de economía moderna”, ob.cit.pg. 597.

5. La menor cantidad de civiles “bajo bandera” -sea por razones de tecnología o políticas, como en el caso argentino de supresión de la conscripción obligatoria-, es uno de las causas de ese aumento, otra, las facilidades de traslado de las corrientes migratorias.

6. “Se necesitará una política de empleo a mediano plazo, si se quiere evitar un drama”, Punto 2: El estancamiento salarial, en Perspectivas Microeconómicas N° 148, octubre de 2011

7. “Una reforma del servicio exterior”, por Juan Gabriel Tokatlian, La Nación, 06-12-2011, pg. 15.

8. Lo mismo ya había ocurrido en la crisis de Hong Kong y, más recientemente en España.

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